En el centro de Chihuahua hay una tienda de vestidos de novia muy famosa. En el aparador, una maniquí de mirada penetrante ha estado ahí desde hace décadas. Todos la conocen como La Pascualita.
Es tan realista que parece una persona embalsamada. Sus manos muestran arrugas y uñas perfectas, su mirada de vidrio parece seguirte al pasar. Algunos dicen que es el cuerpo de la hija de la dueña original de la tienda, quien murió el día de su boda por la picadura de un alacrán. Otros dicen algo peor: que La Pascualita no es una sola persona, sino que cambia, cada ciertos años, sin que nadie lo note.
Yamileth entró a trabajar en la tienda hace seis meses, contratada como costurera de medio tiempo. Le habían advertido, entre risas, que nunca se quedara sola con la maniquí después del cierre. Ella, como cualquier veinteañera escéptica, no le dio importancia.
Una noche, con el vestido de una clienta urgente sin terminar, se quedó hasta tarde. El reloj marcaba las 11:30 p.m. cuando escuchó un crujido detrás de ella. Se giró, pero no había nadie. Entonces, de reojo, vio que La Pascualita parecía haber cambiado de posición.
—Debo estar cansada —pensó, y siguió cosiendo.
Pero la sensación de ser observada no se fue. Al contrario, creció, hasta que sintió que el aire de la tienda se volvía denso, casi líquido. Cuando finalmente terminó el vestido, se acercó al aparador para verificar algo que la había inquietado toda la noche: la posición de las manos de la maniquí.
Estaban distintas. Antes cruzadas al frente, ahora extendidas hacia ella, como si la esperaran.
Yamileth quiso retroceder, pero sus piernas no respondieron. La luz de la calle entró por la ventana, iluminando el rostro de la maniquí, y entonces lo vio con claridad: los labios de La Pascualita se movían, formando lentamente una sonrisa.
—Ya es hora —susurró una voz que no sonaba a plástico ni a cera, sino a algo húmedo, orgánico.
Las manos de la maniquí se cerraron alrededor de sus muñecas con una fuerza imposible. Yamileth gritó, pero la tienda estaba vacía, insonorizada por las paredes gruesas del edificio centenario. Sintió que algo tiraba de ella hacia el aparador, hacia el cuerpo rígido y frío de la maniquí, mientras una calidez extraña —como si algo abandonara su propio cuerpo— la invadía por dentro.
A la mañana siguiente, la dueña de la tienda abrió como cada día. Encontró el vestido terminado, perfectamente doblado sobre el mostrador. Y en el aparador, La Pascualita seguía en su lugar de siempre, con la misma sonrisa serena de todos los días.
Nadie volvió a ver a Yamileth. Su familia denunció su desaparición, pero la policía nunca encontró rastro alguno: ni su bolso, ni su celular, ni una sola cámara de la calle la captó saliendo de la tienda esa noche. Simplemente, dejó de existir.
Meses después, un cliente que visitaba la tienda comentó, entre broma y broma, que la maniquí del aparador le parecía «más viva que antes» — que sus arrugas se veían distintas, más recientes, como si la piel aún no hubiera terminado de asentarse.
La dueña de la tienda, que ya lleva décadas ahí, solo sonríe cuando alguien pregunta demasiado sobre La Pascualita. Y cuando contratan a alguien nuevo, siempre da la misma advertencia, aunque nunca explica por qué:
—Nunca te quedes sola con ella después del cierre. Ella siempre está buscando a la siguiente.





