El Fantasma del Metro CDMX: La Leyenda del Vagón 13

Trabajo como vigilante nocturno en el Metro de la Ciudad de México desde hace casi diez años. Siempre me consideré un tipo escéptico: los ruidos extraños, las sombras en los pasillos vacíos, los lamentos que otros juraban escuchar… yo los atribuía al cansancio y al eco de los túneles. Esa noche, sin embargo, no estaba solo. Ricardo, el nuevo del turno, me acompañaba en su tercera semana de trabajo.

Estábamos en la estación Pantitlán, después del último servicio. Revisaba los pasillos cuando escuché el sonido inconfundible de un tren acercándose. Revisé mi radio, pero no había ningún reporte de maniobras. Aun así, el chirrido metálico de las ruedas en los rieles se hizo cada vez más fuerte hasta que un convoy se detuvo frente a nosotros.

El tablero de arriba lo marcaba como Vagón 13.

—Qué raro —dijo Ricardo, sacando su celular para grabar—. Ninguna línea llega ni al 9.

Le dije que no se acercara. Él se rió y subió antes de que pudiera detenerlo.

—¡Está vacío! —gritó desde adentro—. Voy a grabar para el canal, esto va a explotar en vistas.

Las puertas comenzaron a cerrarse. Corrí hacia ellas, pero se sellaron justo antes de que pudiera alcanzarlas. Golpeé el vidrio con las manos, gritando su nombre. Ricardo seguía adentro, riéndose, grabando, sin darse cuenta de que las luces del vagón empezaban a parpadear.

Entonces lo vi a través del vidrio: un hombre de traje, con el cabello pegado a la cara como si acabara de salir de un río, sentado justo detrás de Ricardo. Golpeé el cristal con más fuerza, tratando de advertirle, pero él seguía grabando hacia el otro lado, ajeno a la figura que se acercaba lentamente por el pasillo del vagón.

El tren arrancó sin conductor. Corrí junto a las vías, gritando, viendo cómo el vagón se alejaba hacia la oscuridad del túnel. Las últimas imágenes que alcancé a ver fueron el rostro de Ricardo, ahora pálido de terror, con la boca abierta en un grito que no llegué a escuchar, y una mano —no la suya— posándose sobre su hombro desde atrás.

El Vagón 13 desapareció en el túnel.

Reporté el incidente esa misma noche. Revisaron cámaras, registros, todo. No había ningún tren en circulación. No había ningún Ricardo en la nómina —o eso me dijeron cuando insistí, extrañados de que preguntara por alguien que, según sus registros, jamás había trabajado ahí.

Volví a buscar en mi celular las fotos que nos habíamos tomado juntos esa misma semana. Estaban ahí: Ricardo sonriendo junto a mí en el andén, con su gafete de nuevo empleado. Al día siguiente, cuando quise mostrárselas a mi supervisor, la carpeta estaba vacía. Todas las fotos, borradas.

Un colega más viejo me tomó del brazo cuando le conté lo que había pasado.

—El Vagón 13 no se lleva a cualquiera —me dijo, con una expresión que no había visto antes en él—. Solo se lleva a los que ya estaban destinados a subir. Y borra cualquier prueba de que existieron, para que nadie los busque.

Han pasado tres meses. Sigo trabajando el turno nocturno, aunque cada vez me cuesta más entrar solo a los andenes vacíos. Y cada cierto tiempo, cuando reviso la lista de personal nuevo, aparece un nombre que juraría no haber visto antes, sonriendo en una foto de gafete que nadie más parece recordar haber tomado.

El Vagón 13 siempre vuelve. Y siempre necesita a alguien nuevo.