La Casa de las Brujas (creepypasta)

Llevaba años escuchando la misma historia en las reuniones familiares. Mi tío la contaba siempre igual, con la misma pausa antes del final, como si necesitara ese silencio para recuperar el aire. Yo, como buen escéptico de veintitrés años, pensaba que solo era una leyenda más para asustar niños. Hasta que decidí comprobarlo por mí mismo, junto con dos amigos que no me creyeron cuando les dije que tenía miedo.

La casa está donde siempre ha estado: en una esquina de la Colonia Roma, entre edificios restaurados y cafés de moda, como si el tiempo se hubiera olvidado de tocar ese único predio. Nadie la ha remodelado. Nadie se atreve.

Entramos los tres pasada la medianoche. Diego iba grabando todo con su celular, riéndose, diciendo que esto sería el mejor contenido del canal. Fernanda se quedó callada desde que cruzamos la reja oxidada. Yo solo quería salir de ahí antes de que empezara.

Adentro, el olor a humedad se mezclaba con algo dulce y podrido a la vez. Subimos las escaleras de madera, y con cada paso el crujido se sentía menos como madera vieja y más como si la casa respirara con nosotros.

En el segundo piso, Diego dejó de grabar. No porque quisiera. La cámara simplemente se apagó sola, y por más que la encendía, la pantalla se llenaba de estática antes de volver a apagarse.

Fue Fernanda quien escuchó el susurro primero. Se quedó inmóvil, mirando hacia el pasillo vacío.

—¿Escuchan eso? —preguntó, con la voz quebrada.

Ninguno de los dos escuchamos nada. Hasta que ella empezó a caminar sola hacia el fondo del pasillo, como si algo la estuviera llamando y nosotros no pudiéramos oírlo.

—¡Fernanda, espera! —grité, pero ella no volteó.

Diego y yo corrimos tras ella. Cuando llegamos al final del pasillo, la puerta del ático estaba abierta de par en par, y Fernanda ya no estaba a la vista. Solo escuchábamos sus pasos, subiendo.

Subimos detrás de ella. El ático estaba lleno de velas negras derretidas hasta la base, símbolos pintados con algo que no quisimos identificar, y el aire tan espeso que cada respiración dolía. Fernanda estaba parada en el centro, de espaldas a nosotros, completamente inmóvil.

—Fernanda —susurré, acercándome.

Cuando se giró, sus ojos ya no eran los de ella. Eran completamente negros, y sonreía con una expresión que su cara nunca había hecho antes.

Diego gritó y corrió hacia la puerta. Yo intenté jalar a Fernanda del brazo, pero estaba fría, rígida, como si ya no hubiera nada humano sosteniéndola en pie. Las velas se apagaron todas a la vez, y en la oscuridad total escuché la voz de la anciana, tan cerca de mi oído que sentí su aliento helado:

Ella se queda. Tú puedes irte… si corres lo suficientemente rápido.

No lo pensé dos veces. Solté el brazo de Fernanda y corrí. Detrás de mí escuché su risa —una risa que no era suya— mezclada con los gritos de Diego más adelante en el pasillo. Bajamos las escaleras a tropezones, chocando contra paredes que parecían moverse, encontrando puertas donde antes no había ninguna.

Cuando por fin salimos a la calle, jadeando, nos dimos cuenta de que solo éramos dos.

Llamamos a la policía. Buscaron en toda la casa durante días. No encontraron nada —ni a Fernanda, ni rastro de que alguna vez hubiera estado ahí—. Los vecinos dijeron que no era la primera vez. Que la casa, cada tantos años, se queda con alguien, y deja ir a los demás para que cuenten la historia.

Diego dejó de hablarme después de eso. No soporta que yo siga viviendo cerca de la Colonia Roma. Yo tampoco lo soporto del todo.

Pero hay noches en las que, al pasar cerca de esa esquina, alzo la vista hacia la ventana del ático. Y ahí está ella. Fernanda. Sonriendo con esa sonrisa que no es suya, esperando a que algún día vuelva a entrar.