El hospital psiquiátrico llevaba cerrado más de veinte años y, aun así, nadie del pueblo se atrevía a acercarse. Decían que ahí encerraban a los pacientes incurables, los que veían cosas que no existían, los que escuchaban voces, los que gritaban en medio de la noche sin razón aparente. Algunos afirmaban que muchos murieron ahí dentro, otros que nunca salieron, y otros que simplemente… dejaron de ser humanos. Yo nunca creí en esas historias, hasta que decidí entrar por curiosidad una madrugada, usando mi celular como única luz, caminando entre pasillos llenos de polvo, camas oxidadas y paredes cubiertas de mensajes escritos con uñas, sangre o desesperación: “No es mi voz”, “Me miran cuando duermo”, “Él viene por mí”, “No salgas”, “Ayúdame”.
Mientras avanzaba, sentía que el aire se volvía más pesado, como si cada paso me alejara del mundo real. Mis pisadas resonaban demasiado fuerte, pero al mismo tiempo tenía la sensación de que alguien caminaba detrás de mí, imitando cada movimiento. Me detuve varias veces, apagué la linterna del celular y escuché, pero solo había silencio… un silencio tan profundo que hacía doler los oídos.
Después de varios minutos llegué a una puerta metálica oxidada donde aún se leía un letrero casi borrado: “Pabellón 6 – Aislamiento”. Cuando intenté tocarla, se abrió sola con un chirrido lento, como si me hubiera estado esperando. Dentro hacía más frío que en el resto del hospital y olía a humedad, medicamentos viejos y algo más… algo parecido a carne podrida.
En medio de la sala había una silla. Y en ella, alguien sentado de espaldas. No se movía. No respiraba. No hacía ningún sonido. Le hablé, pregunté si estaba bien, pero no respondió. Di unos pasos más, sintiendo cómo mi corazón golpeaba mi pecho, hasta que vi un espejo colgado en la pared frente a él. Lo que vi me paralizó de miedo.
En el reflejo no había una persona.
Lo que estaba sentado en la silla era una figura esquelética, con la piel pegada a los huesos, el rostro demacrado y una sonrisa imposible, llena de dientes afilados como cuchillos, observándome sin parpadear.
Esa cosa solo estaba sentada ahí, inmóvil, con una bata blanca colgando de su cuerpo esquelético, con números tatuados en el brazo, con ojeras profundas y una mirada vacía, como la de alguien que llevaba años sin dormir… aunque ya no parecía humano. Retrocedí aterrado, negando con la cabeza, repitiendo que eso no era posible, que yo estaba de pie, que yo estaba sano, que solo había entrado a explorar, que nada de esto era real.
Entonces, sin girarse, sin mover un solo músculo, la figura habló… con mi propia voz.
“¿Por qué tardaste tanto…?”
La silla comenzó a moverse lentamente, crujiendo contra el suelo.
“¿Qué… acaso ya lo olvidaste…?”
Su cabeza empezó a inclinarse de forma antinatural, como si los huesos se acomodaran con dificultad, mientras esa sonrisa imposible seguía creciendo.
De pronto, las paredes empezaron a temblar. El pasillo desapareció, y Las ventanas se comenzaron a cerrar solas. las Luces se encendieron sobre mi cabeza. Sentí un dolor insoportable y, en un segundo, estaba acostado en una cama, amarrado con correas en muñecas, tobillos y pecho. No podía moverme. No podía gritar. Solo podía respirar con dificultad mientras figuras con batas médicas se acercaban.
“Paciente 431 presenta recaída severa”, dijo uno.
“Delirio de escape”, dijo otro.
“Reiniciar tratamiento”, murmuró una voz femenina.
Sentí una aguja entrar en mi brazo. Mi vista se nubló. Mi mente se rompió en pedazos.
Cuando desperté, estaba solo en una habitación acolchada, con paredes blancas, sin ventanas, sin reloj, sin puertas visibles. Pasaron horas… días… meses… ya no lo sé. A veces escucho gritos en otras habitaciones. A veces escucho mi nombre susurrado en la oscuridad. A veces veo sombras mirándome desde las esquinas.
Ahora entiendo la verdad.
Nunca entré al hospital.
Nunca fui un explorador.
Nunca estuve sano.
Siempre fui el paciente 431.
Y cada noche, cuando escucho pasos en el pasillo y veo luces de celulares acercarse, sonrío en silencio… porque sé que alguien más pronto ocupará esta cama.





