Siempre me gustaron los lugares abandonados, pero nunca en la vida había entrado a un hospital… hasta que un día encontré uno cerca del pueblo donde vivo. Hacía quince años se había incendiado. Decían que estaba vacío, que no quedaba nada… pero por alguna extraña razón, nadie quería hablar de ese lugar. Así que era perfecto para una pequeña excursión.
Ese mismo día llamé a dos de mis amigos y les conté mi idea de entrar al hospital. Para mi sorpresa, aceptaron sin poner muchas excusas. Nos armamos con linternas, comida y cámaras de video, y al caer la noche fuimos hasta ahí.
Al llegar, el lugar se veía completamente deteriorado por los años. Las paredes estaban agrietadas, las ventanas rotas y la entrada estaba cubierta de polvo. El aire olía a medicina vieja y a humedad. Una vez dentro, decidimos investigar un poco. El hospital estaba tan en silencio que cada paso que dábamos resonaba en los pasillos, como si alguien caminara detrás de nosotros… aunque sabíamos que estábamos solos.
Después de caminar varios minutos por los pasillos, decidimos separarnos para explorar y documentar el área mucho más rápido. Acordamos reencontrarnos cuando termináramos, en la sala de espera. Nos mantendríamos en contacto por mensajes de texto, así que estaríamos bien. Uno se fue al ala izquierda, otro bajó al sótano… y yo subí al segundo piso, todos con cámaras en mano.
Al principio todo iba normal, hasta que después de un rato comencé a escuchar una canción vieja, como esas que ponen en los asilos para relajar a los viejitos. Me pareció extraño… ya que no debería haber energía en ese lugar. Un escalofrío recorrió mi espalda, así que tomé mi celular e intenté escribirles a mis amigos para ver si ellos también la escuchaban, pero ninguno respondió.
De pronto, escuché un grito aterrador a lo lejos, desde la misma dirección en la que se había ido uno de mis amigos. ¿Qué habrá sido eso…? me pregunté, sintiendo cómo el miedo comenzaba a apoderarse de mí. Poco después, otro grito rompió el silencio.
“¡Auxilio!”
Y luego… silencio.
Bajé las escaleras tan rápido como pude, buscando a mis amigos, pero el lugar parecía ahora uno distinto, lleno de nuevos pasillos que no había visto al entrar. ¿Qué está pasando…? me pregunté, mientras el miedo crecía dentro de mí. Cada puerta llevaba a habitaciones llenas de camas oxidadas y monitores apagados. En la pared de cada cuarto había listas con nombres de pacientes y fechas. Todas terminaban el mismo día del incendio, excepto uno: Damián, sin fecha ni apellido.
Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, pero seguí avanzando… hasta que escuché un sonido imposible: un pitido, como el de una máquina de signos vitales, aunque no había electricidad.
Una vez más intenté llamar a mis amigos, pero solo escuché estática. Mientras tanto, el sonido se volvía cada vez más intenso con cada paso que daba. Por un momento pensé que tal vez me estaban jugando una broma de mal gusto, que habían preparado todo esto para darme un escarmiento por entrar en lugares abandonados.
Con esa idea en mente, me armé de valor y seguí el sonido por el pasillo hasta una habitación. En la puerta había una placa con un solo nombre escrito:
“Damián”.
Empujé la puerta… y adentro era como si no hubieran pasado los años. Todo estaba limpio, sin polvo, sin óxido. Había una cama impecable, algo imposible en un lugar que llevaba tantos años abandonado. Y sobre ella… había alguien.
Un hombre pálido, con el cuerpo casi esquelético, conectado a tubos, respirando lentamente, mientras un monitor marcaba su pulso.
Estaba a punto de salir corriendo, pero me quedé congelado bajo el marco de la puerta, mirando aquella figura esquelética… esa presencia aterradora que ya no parecía humana. Sentía que el aire me faltaba, que mi cuerpo no me obedecía.
y De pronto…
Abrió los ojos… si es que se les podía llamar ojos a esas cuencas vacías llenas de oscuridad.
Me miró directo a los ojos… y sonrió. Sonrió con esa boca llena de dientes afilados, formando una mueca tan macabra que sentí cómo el miedo me recorría hasta los huesos.
Con una voz débil, distorsionada… y para nada humana, dijo:
“Llegas tarde….”
El pitido de la máquina comenzó a acelerarse, las luces empezaron a parpadear y el aire se volvió pesado. Quise correr, pero mis piernas no respondían. Él seguía mirándome con esos ojos vacíos y esa sonrisa burlona en el rostro. Fue entonces cuando lo entendí… ese era el último paciente, abandonado durante el incendio, olvidado en esa habitación, condenado a quedarse ahí… decidido a cobrar venganza por lo que le habían hecho.
El monitor sonaba sin parar, cada vez más fuerte, hasta que la línea se volvió recta y todo quedó en silencio. De pronto, todo se volvió oscuro. Sentí su aliento podrido a unos centímetros de mi cara… podía sentirlo respirando sobre mí. En ese momento, un pensamiento cruzó por mi mente:
“Este es mi fin.”
Y de pronto… todo terminó.
Al parpadear, estaba solo en la habitación. La cama estaba vacía y oxidada, el monitor roto, no había nadie.
Desesperado, corrí por los pasillos buscando a mis amigos, pero no encontré a nadie. No había cámaras. No había mochilas. No había rastros. Solo silencio. Hasta que llegué a una pared… donde había un nuevo registro escrito con sangre.
Ahí estaban los nombres de mis amigos.
Debajo, un mensaje decía:
“Ahora me pertenecen.”
prologo.
Desde esa noche ya no soy el mismo. Perdí a mis amigos… y perdí una parte de mí en ese lugar. A veces, cuando cierro los ojos, todavía escucho el monitor… todavía escucho su respiración.
así que si valoras tu vida…
Mantente lejos de ese hospital.
ya que hay lugares…
Que nunca te dejan ir del todo.

